Los malditos
Paridme un ser humano. No importan su tamaño, su forma o su color. Poco importan su sabiduría o su ignorancia. Contemplad cómo lo sostengo en mis manos. Ved cómo lo dejo caer entre vosotros. Observad sus movimientos titubeantes, su mirada perpleja, su miedo, su desconcierto, su confusión.
Imaginad, si aún sabéis hacerlo, que el infortunio posa sus ávidos ojos sobre él. Ahora es un ser maldito. Nadie le habla, nadie le mira, nadie le atiende, nadie osa ni aun cruzarse en su camino. Ahora es un ser maldito. Y solitario.
Solitario, aunque camine de la mano de quien le consuela y comparte con él su lecho. Porque su compañía no es otra que la desdicha. Y las caricias de la desdicha hielan el alma.
Removéos inquietos en vuestros tronos, porque se agitarán un día en el fango de su existencia, y el herético y el maldito, el anatematizado y el condenado, el escarnecido y el agraviado, alzarán su frente y cargarán sus despojos sobre sus hombros hundidos y se arrastrarán desde las tinieblas para llegar hasta vosotros y clavar su mirada negra en la vuestra, para arrancaros del alma la luz que les habéis negado.
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