El nacimiento de un muerto
Jacques de Goignac hizo añicos contra las carcomidas tablas de la mesa la jarra de cerveza que se disponía a beber y dejó escapar a través de sus apretados dientes un ahogado gemido; sus ojos se dieron la vuelta en los cuencos como queriendo ver por última vez el alma que se le escapaba; se estiraron alarmantemete sus orejas hasta volverse espeluznantemente largas y puntiagudas, crujieron pavorosamente todos y cada uno de sus huesos, los largos y los cortos, y se crisparon sus manos sobre su pecho, como intentando estrangular a un corazón traicionero, para acabar desplomándose sobre el suelo de la taberna. Cundió el sobresalto entre los presentes y agolpándose alarmados a su alrededor intentaron devolverle la consciencia mediante gritos y empellones, sin conseguirlo; trataron de reanimarle vertiendo sobre sus labios vino y acercando un trozo de asado a su boca, pero fue inútil; pasaron varias veces sobre su rostro una tea ardiendo con la esperanza de que volviese en si, mas en vano. Se miraron asustados los unos a los otros y temiendo que el nombre de Jacques de Coignac estuviese siendo irremisiblemente borrado del libro de los vivos e inscrito en el libro de los muertos, mandaron llamar con celeridad al cirujano del pueblo.
La llegada de Grotemburguer de Beelfegoor, aun esperada y deseada, fue recibida con miradas de recelo, pues, sólo Nuestro Señor sabe por qué avatares del destino, ejercía, además del oficio de sanador, el de maestro y oficial de cuentas del único taller funerario en doscientas leguas a la redonda. Inclinóse el galeno sobre el de Coignac y acercó a los labios de este un pequeño espejo que extrajo de entre los pliegues de sus ropajes y viendo que el cristal no se empañaba expuso a los allí presente que "el arché" del allí tendido "había transmigrado del cuerpo substancial en busca de su fusión con el ápeiron" y comprobando el pasmo y la estupefacción de los aldeanos y para que estos dieran fe de la certeza de su aseveración, conminó al cadáver a levantarse mediante enérgicas voces y vigorosos aspavientos. Finalmente, ante el manifiesto desinterés del difunto, el esculapio abandonó la taberna declarando su aflicción y pesadumbre, para dar la triste nueva a la viuda y desaparecer con la misma sin dejar rastro ni volver a ser vistos.
Cuando Jacques de Coignac abrió los ojos, se le aparecieron las más negras de las tinieblas; el primer aire que penetró en sus pulmones fue húmedo y pesado; el primer olor que percibió, insano y vomitivo. Tanteó a su alrededor y sus manos tropezaron con unos límites estrechos, intranquilizadoramente demasiado estrechos. Tras un primer parpadeo, una cruel sospecha comenzó a tomar forma ante él; tras un segundo parpadeo, esta forma comenzó a alzarse como un leviatán que despierta amenazante de un largo sueño; tras un tercer parpadeo, la forma acabó convirtiéndose en la más nítida y espantosa de las certidumbres. El alarido que se abrió paso desde lo más profundo de sus entrañas disparó un resorte que le impulsó a incorporarse, golpeándose salvajemente la cabeza contra la tapa del ataúd. Se convulsinó, gritó, golpeó con saña, vesania y desesperación su aterido cuerpo y su fría morada, hasta quedar desfallecido.
Tumbado sobre un costado cuan largo era (y a fe de quienes le conocieron, y para alegría de su sastre, que lo era), habíase abandonado Jacques de Coignac a un infantil lloriqueo y un sin acabar de sorber babas y mocos, cuando su rostro se iluminó
Nombre del autor
Obituario
Párrafo
Párrafo
Párrafo
Párrafo