El hilo de Ariadna
(Quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos)
Somos el estruendo del desplome de la obra del hombre. El crepitar de las llamas que devoran su creación. Las tinieblas que abrazan lo efímero de su destino. La lluvia pestilente que pudre sus frutos. El humo negro de los escombros de su civilización. Somos el silencio tras la devastación. Somos la promesa de una nueva vida.
Bajamos al simio del árbol. Y con nuestra mano en su frente aprendió a caminar erguido como nunca soñó hacerlo, a distinguir su condición de las ajenas, a entender la naturaleza de sus emociones, a prestar atención a sus sentidos, a comprender, y a no devorar a sus muertos. Con nuestra mano en su hombro alcanzó a diferenciar el sueño de la vigilia, la razón de la superstición, la duda de la ignorancia, el miedo de la incertidumbre, la verdad de la mentira, el honor de la vergüenza, la necesidad de la ambición, y el hambre de la gula. Con nuestra mano en su espalda descubrió los rudimentos de las artes y las ciencias, el secreto del fuego, la manera de dibujar las palabras, cómo modelar la arcilla y fabricar los pigmentos, la oposición entre meridión y septentrión y entre oriente y poniente, y a contar las lunas y a poner nombre a las estrellas y a comunicarse con las bestias. Y el simio contempló su primera obra. Y lloró. Y nos olvidó. Y el simio volvió a devorar a sus muertos.
Hemos puesto nombre a vuestros dioses y a vuestros demonios, a los ángeles de la luz y a los de la oscuridad, a los nefilins, a los íncubos y a los súcubos, a los djinns, a las dríades y a las amadríades, y a los gigantes sobre cuyos hombros habéis creído marchar. Esparcimos en vuestro imaginario colectivo mitos y crónicas legendarias, epopeyas, gestas y cantos heroicos, paradigmas que os impulsan, en vano intento, mas estimable, hacia la superación y la perfección.
Hemos caminado junto a las altas murallas de Troya y Tirinto y Jericó. Hemos conversado sobre ciencia con ancianos y sabios en las calles de Micenas y las plazas de Damasco. Hemos recorrido las calles de Roma junto a los demonios celtas. Hemos comerciado en los mercados de Corinto y Bagdad. Hemos admirado la obra de los amanuenses de las bibliotecas de Esmirna y Éfeso. Hemos bebido las claras y frescas aguas de Susa y los añejos vinos de Uruk. Hemos amado a los hombres y a las mujeres de Sodoma y Siracusa y Lesbos y Mitilene. Hemos vagado bajo las melancólicas noches de Abydos y los ardientes soles de Biblos. Hemos llorado ante las humeantes ruinas de Cartago. Y aquellos hombres jóvenes son estos hombres viejos.
Hemos recogido arenas y aguas ensangrentadas en los campos de Maratón y en las las Termópilas, en Salamina y en Gránico, en Issos y en Gaugamela, en Teutoburgo, en Cannas y en Farsalia, en Acre y en Constantinopla. Hemos compartido alimentos y frío y peste y miseria con los guerreros en las guerras Médicas y Púnicas, las Celtíberas y las de las Galias, la de los Cien Años y la de las Dos Rosas, y durante las guerras de religión de la isla de Albión. Y en todas estas tierras de muerte y dolor hemos curado y rematado heridos, hemos contado, marcado, pesado y medido cadáveres, hemos recolectado despojos y hemos alimentado con ellos a los alacranes de Adma y Zeboim, hemos bailado armoniosas danzas con muchos héroes que ya se hallaban en el seno de Abraham, a unos los hemos arrancado los ojos y las lenguas y hemos llorado abrazados a muchos otros. Y a aquellos cuyos rostros nos parecieron hermosos los hemos vuelto a la vida.
Vuestros profetas leyeron en nuestros libros, y aprendieron a hablar con voz veraz los salmos que sanan, y los que portan la peste. Despertamos en Alejandro el ansia de gloria. Medimos sombras con Eratóstenes de Cirene. Infundimos en Calcas y Tiresias el don de la clarividencia. Inculcamos el humor en Luciano de Samosata. Inspiramos a Marco Antonio la elocuencia ante el cadáver de César. Enseñamos al exorcista de Galilea a alumbrar los ojos de los ciegos y a levantar cadáveres. Excitamos la curiosidad de Andrea Vesalio. Descubrimos a Leonardo la escritura especular. Alimentamos en el judío Loew de Praga el deseo trágico de imitar a su dios. Pusimos en manos de Piri Reis cartas geográficas de mundos delirante a orillas del vuestro.
Praxíteles y Policleto y Lisipo, Horacio y Virgilio, Pedro Abelardo y Chaucer y Villón, Marlowe y Shakespeare y Milton, el Arcipreste de Hita y Gonzalo de Berceo y Don Juan Manuel, Byron y Bécquer y Shelley, Baudelaire y Poe y Robert William Chambers y William Hope Hodgson, Purcell y Luly y Bach y el Cura Rojo, Händel y Haydn y Mozart y Beethoven y Musorgski y Holst y Saint-Saens. Todos ellos hijos de nuestros delirios, frutos de nuestra imaginación desbocada, herederos de nuestra embriaguez sagrada. Hemos cantado los versos de Yeats con Phil Lynnot y el Ángel de la Muerte en las tabernas de la bendita Eire y juntos hemos agotado las reservas de whiskey de la isla Esmeralda. Hemos enseñado a Doro Pesch a leer y hablar el alemán medieval, aunque reconocemos nuestro fracaso al intentar enseñar a cantar a Lemmy Kilmister y a Rosendo Mercado.
Vigilamos el sueño de vuestros hijos cuando la fatiga os vence, y rondamos su camino cuando desfallecéis. Determinamos cuál de ellos habrá de honrar al padre y cuál mancillar su nombre. Señalamos a la esposa digna, al marido inmoral. Decidimos qué vientre será estéril, cuál fecundo. Quién será el amo, quién el esclavo. Qué cosecha se recogerá, cuál se perderá. Separamos al justo del injusto, al noble del infame, al honesto del canalla. Mensuramos el hilo que tejen las Parcas y cantamos el nuevo nombre de los hombres cuando mueren. Somos la fuerza que arranca el alma de la carne. Somos el viajero que llega sin ser esperado.
Somos la ira ciega y la cólera y la templanza y la moderación. Somos el néctar y la hiel. Somos la pregunta que surge cuando buscáis una respuesta. Somos las tinieblas de la superstición y La luz del conocimiento. Somos la generosidad en la victoria y la dignidad en la derrota. Somos vuestro último suspiro y vuestro primer aliento. Somos el alóe negro y la incorruptibilidad del adarces y la sal de los devoradores de pecados. Somos el conjunto y la unidad y trastocamos lo de arriba con lo de abajo y lo cálido con lo frío y lo húmedo con lo seco. Somos el pneuma. Somos el todo y la nada y el orden y el caos. Somos el eco del Metatrón y el álito del último Elohim. Somos el lamento de la Banshee. Somos las lenguas negras que conducen a las puertas de los conocimientos salvajes y primitivos.
Somos, en fin, aquello que creéis ser, aquello que deseáis ser, aquello que creen que sóis, aquello en lo que, antes o después, os habréis de convertir. Somos la fantasía y la pesadilla eternas en las que os debatís y de las que no sabéis cómo escapar porque no sabéis si queréis hacerlo. Somos aquello con lo que nunca habéis soñado. Somos los ojos del abismo cuando os asomáis a él. Somos la imagen que devuelve un espejo contemplado con los ojos de un dios. Somos, y así ha de ser, el camino de vuelta al simio. Somos el cadáver que habréis de devorar.
Así hemos hablado. Así ha sido escrito. Así será recordado
Ave atque vale