El espectro
El color de sus ojos era marrón, un simple y vulgar marrón. Pero bajo el Sol se transfiguraban en el enloquecedor tornasol
de mil fuegos de mil devastadores soles, y transformaban su tonalidad en una apasionante policromía, en una sinfonía de colores:
ahora turquesa o violeta, luego lila o lavanda, del color de la malaquita o del color de la absenta, del color del whisky o
del color del trigo, del azafrán, de la savia, del lapislázuli, de la sangre, del coral, del color de los atardeceres de la
ciudad de Palmira y los amaneceres de la ciudad de Ys, del color de los hechizos de los druidas celtas y los conjuros de los sacerdotes de Mesopotamia,
ora emanaban los iridiscentes brillos de los mantos de los reyes ora los
del trono del Diablo, luego destilaban la centelleante incandescencia atávica de la génesis de los mundos, después ámbar, ocre,
bronce, caoba, escarlata, magenta, malva, carmesí... qué sé yo... una embriagadora mezcolanza de colores que herían vigorosamente
la mirada con dulce tormento y ante cuyos matices zozobraba el alma y los corazones eran sacudidos con deliciosa y delicada energía
por las amables alas de la locura.
Así eran bajo el Sol. De la belleza radiante y sobrenatural de sus ojos y de los estremecimientos que provocaban durante la noche...
es algo de lo que un caballeró nunca hablará.
Nombre del autor
Obituario
Nación en una lúgubre región de la Libia, a orillas del río Zaire, donde no existen ni la calma ni el silencio, donde las aguas del río están teñidas de un matiz azafranado y enfermizo y no fluyen hacia el mar, sino que palpitan por siempre bajo el ojo purpúreo del sol, con un movimiento tumultuosos y colvulsivo y donde a ambos lados del legamoso lecho del río se tiende un pálido desierto de gigantescos nenúfares que suspiran entre sí en esa soledad y tienden hacia el cielo sus largos y pálidos cuellos.
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