El llanto del cisne





Animales y bestias de toda especie, humanos de toda edad y condición, se acurrucan temblorosos, los unos junto a los otros, en las turbias aguas de las cloacas, bajo un mundo sin estrellas.


Y tú y yo, mirada a mirada, dejando pasar el tiempo.


Solo un asno, cadavérico, sordo y ciego, recorre las huecas calles de la ciudad, ajeno a los fastuosos altares que a la fatalidad hemos alzado en cada esquina.


Y tú y yo, prenda a prenda, dejando pasar el tiempo.



El poeta escribe su último verso; el músico, su última canción. Pero ni la rima ni la trova serán escuchadas.



Y tú y yo, caricia a caricia, beso a beso, dejando pasar el tiempo.



Desplegaremos nuestro deslumbrante manto y lo dejaremos caer sobre nuestros huesos y los montaremos sobre los del más dramático de los caballos y recorreremos caminos y aldeas y pueblos hasta la cuna del hombre segando vidas con nuestra guadaña de llamas y sofocándonos con nuestro aliento.



Y tú y yo esperaremos, en vano, escuchar el canto de algún lejano cisne, pues tan solo, si acaso, algún callado sollozo hasta nosotros llegará. Porque ni los cisnes querrán entonces cantar.



Cuando la vida se convirtió en una pesadilla no supimos soñar para despertar de ella.



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